Blogia

Blog de Alicia Elizundia

Raíces histórico-culturales de Nuestra América

Raíces histórico-culturales de Nuestra América

En la actualidad estamos obligados a desarrollar nuestras acciones en un mundo afectado por una profunda crisis del sistema capitalista y de los fundamentos que sustentaron la dominación del Imperio norteamericano.

La moderna civilización está enferma de gravedad y lo que comenzó en el plano financiero ha hecho metástasis en la economía real con su alto costo para los que menos tienen. Las multitudinarias huelgas y manifestaciones de protesta que han tenido lugar en los más importantes países europeos contra los intentos de descargar sus efectos sobre los sectores de más bajos ingresos muestran a las claras la profundidad de la crisis. Las guerras en Irak y Afganistán, los focos de tensión en Irán, el Medio Oriente y la península coreana, forman parte de una maquinaria de guerra en marcha que constituye una grave amenaza para la supervivencia de nuestra especie.

La lucha por la paz y los esfuerzos por sumar a ella al mayor número de hombres y mujeres de todo el planeta se ha convertido en una tarea de primer orden.

Son signos evidentes de la crisis de un sistema irracional que está provocando el calentamiento global, el deshielo de los polos, la desertificación, el agotamiento del petróleo y del agua, haciendo depender la supervivencia del capitalismo de la destrucción del planeta. En América Latina, junto a la quiebra del dominio imperialista con los procesos que tienen lugar en Venezuela, en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y el fortalecimiento de mecanismos de integración y concertación como el ALBA, UNASUR, el Grupo de Río, que pronto se convertirá en Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. asistimos también al despliegue nuevamente de la IV flota de Estados Unidos en la región, al incremento de sus bases militares y al golpe de estado como en Honduras o al que fuera frustrado más recientemente en Ecuador.

En cuanto a Cuba, el criminal bloqueo aplicado por las administraciones norteamericanas durante medio siglo se mantiene intacto por la actual administración del Presidente Obama. Ese bloqueo ha recibido reiteradamente la condena casi unánime de la Asamblea General de las Naciones Unidas y crece cada día el movimiento de solidaridad con los cinco patriotas cubanos que permanecen injustamente encarcelados en Estados Unidos. Todo ello es una confirmación de que el gobierno de los EE.UU. se ha colocado al margen del orden jurídico internacional desconociendo el reclamo de la abrumadora mayoría de los países miembros de la ONU y aplicando una política de doble rasero en la lucha contra el terrorismo. Se encarcela a los antiterroristas mientras que terroristas confesos caminan libremente por las calles de Miami.

En nuestra región, es necesario que todo ejercicio de dialogo y reflexión que tenga lugar, se realice en un ambiente unitario, sin ismos excluyentes, teniendo como fundamento el pensamiento de Bolívar, Martí, Juárez y de todos los próceres de Nuestra América, que está presente en nuestras raíces históricas. Es precisamente esa historia de luchas y sacrificios, de victoria y reveses, el legado más preciado que tenemos que conservar como parte de nuestra memoria histórica y punto de partida para el futuro luminoso de unión de nuestros pueblos y países.

Nos enorgullecen los importantes avances alcanzados en algunos de nuestros países miembros del ALBA en la construcción de un mundo de justicia y equidad lo que nos permite afirmar una vez más que un mundo mejor es posible. Pero ese mundo hay que construirlo con la movilización consciente de millones de personas en todo el planeta basado en el equilibrio entre el hombre y la naturaleza y donde la dignidad humana, la justicia social y todos los derechos del hombre, sean realmente respetados y defendidos para todos los pueblos y para todos los ciudadanos de esta Patria Grande como la llamara el Libertador. Es un mundo sustentado en la máxima martiana de que Patria es Humanidad.

Marchemos hacia la conformación de la plataforma histórico-cultural que sustente, en el plano de las ideas, los procesos de integración entre los países miembros del ALBA y que se ha querido identificar como el ALMA del ALBA. Como hemos señalado en otras ocasiones, se lograría así el más amplio consenso y sería reflejo fiel del desarrollo concreto de nuestras sociedades, de su diversidad, y de la tradición intelectual y política de todos los pueblos y países que integran nuestra región.


 Por: Armando Hart Dávalos Fecha: 2011-03-01 Fuente: CUBARTE

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/17397/17397.html

¿Agentes para el cambio? (+Videos)

¿Agentes para el cambio? (+Videos)

Alta prioridad conceden los servicios de inteligencia de EE.UU. a la fabricación de «líderes sociales». Buscan en grupos de interés como jóvenes, artistas e intelectuales, individuos «capaces» para esa «transición» que anhelan en Cuba. En esa labor, alejada del trabajo diplomático, sobresale la SINA, según lo confirma Frank Carlos Vázquez, quien para ellos mordió el anzuelo pero, en realidad, como se hace público hoy, se toparon con Robin, agente de la Seguridad cubana

 

Frank Carlos Vázquez Díaz descollaba por su facilidad en materia de relaciones públicas. Tenía «chispa» para el contacto con los otros y su habilidad lo llevaba además a estar «en la última» en todo, así que en 1998, en medio del período especial, propone a un grupo de jóvenes artistas crear un proyecto cultural alternativo que diera a conocer sus obras y atrajera la atención, en particular, de los circuitos internacionales. La aceptación fue tan inmediata como entusiasta.

 

Arte Cubano, como nombraron la página web que entonces vio la luz, se convirtió en «uno de los primeros sitios de su tipo que existían en el país» y constituyó el sustento promocional de lo que comenzaba a gestarse en aquel «pequeño local en La Habana Vieja ubicado en la calle Obispo», recuerda Frank Carlos.

 

Por eso no demoró mucho para que los contactaran instituciones culturales de diferentes naciones. «Establecimos correspondencia y relaciones de trabajo con varias galerías importantes en Estados Unidos, Canadá y Europa».

 

Tan atractivo se presentó el proyecto que pronto aparecieron en escena aquellos personajes cuyo único «arte» es el de monitorear e identificar a quienes se puede usar dentro y fuera de Cuba para cumplir las directrices del Gobierno estadounidense. Desde la Sección de Intereses de Washington en La Habana, esos especialistas  ubicaban los sitios web independientes con el supuesto perfil apropiado para sus planes de subversión.

 

De modo que —con el aparente candor de quien solo quiere «ayudar»— diplomáticos de la SINA se asomaron enseguida en el local de Frank Carlos y sus amigos, quienes les explicaron que se trataba de «un proyecto que no estaba bajo la dirección de las instituciones culturales».

 

Por eso, «a partir de ahí comenzó un proceso de encuentros y contactos, prácticamente diarios, que fueron incrementándose en la medida que se desarrollaban las diferentes actividades que realizábamos», cuenta Frank Carlos Vázquez, un licenciado en lengua Inglesa que enseguida fue considerado como un interlocutor valioso.

 

Al mismo tiempo, desde la SINA, comenzaron a enviarles «decenas de cajas de libros, revistas y publicaciones», recuerda Frank Carlos. Además, el ex funcionario de la oficina Douglas Barnes manifestó el deseo de «convertir nuestro centro en un lugar de acceso a Internet, lo que era muy importante en su momento», porque el ciberespacio apenas se conocía entre los artistas cubanos.

 

Este Barnes ya había expresado que su tarea principal era tratar de  instrumentar en Cuba el llamado Carril II de la Ley Torricelli, para lo cual traía la experiencia de haber trabajado en países del antiguo campo socialista, y durante su estancia aquí, establecer relaciones con nacionales del sector cultural, la intelectualidad y cabecillas contrarrevolucionarios.

 

Por eso para los diplomáticos de la SINA (¿o de la CIA?), todo lo que pudieron observar en Frank Carlos parecía hecho a la medida de sus expectativas.

 

 

 

Pretendían tumbar el «muro» de Berlín en Cuba

 

Durante la administración de William Clinton (1993-2001), Richard Nuccio, su asesor para los asuntos cubanos, predicó la llamada teoría «de pueblo a pueblo», que en verdad significaba algo así como «ahogar con un abrazo», método que ya habían aplicado contra Polonia.

 

Bajo esos postulados, en el segundo mandato de Clinton, la SINA abrió como nunca la entrega de visas para «facilitar el intercambio cultural», mientras sus especialistas valoraban qué sectores de la intelectualidad pudiesen propiciar la aparición de movimientos artísticos «paralelos»; en esencia, que fueran contestatarias e «independientes del Estado».

 

Creían que con ello desaparecería el sentido revolucionario en el movimiento cultural cubano, algo que se había experimentado en la otrora Checoslovaquia.

 

Fue el filón que vio Larry Corwin, un especialista de arte, entonces secretario de Prensa y Cultura de la SINA, quien desde su llegada al país desarrolló una intensa influencia en el medio cultural de la Isla y de la llamada prensa independiente.

 

Precisamente, ese diplomático se quitó la máscara poco después de concluir su estancia en la Isla al reaparecer en Kosovo, en el 2004, como oficial de Asuntos Públicos de la oficina del Departamento de Estado en el territorio balcánico ocupado por las fuerzas de la OTAN.

 

La práctica de Corwin no es nueva. Desde la Segunda Guerra Mundial, y el posterior inicio de la Guerra Fría, los servicios especiales pusieron a punto un aparato de subversión dirigido hacia un público intelectual, a partir de cadenas de instituciones- fachada con presuntas finalidades de muy diversa índole. Los fundadores de esa maquinaria de subversión fueron académicos y especialistas en guerra psicológica, cuya actividad en ese campo tiene numerosas experiencias a lo largo de la historia.

 

Esas instituciones —entre las que vale mencionar al casi centenario Brooklyn Institution, a la Rand Corporation y la Heritage Foundation— trabajan hoy con métodos de influencia afinados durante décadas, mediante los cuales se acercan a las personas «seleccionadas» a partir de estudios de su personalidad y el rol que podrían desempeñar  en la sociedad.

 

Acá en La Habana el «especialista» Corwin trabajó de conjunto con el segundo jefe de la estación local de la CIA, James Patrick Doran, camuflado en el cargo de vicecónsul. Para ellos, poner a Frank Carlos bajo el círculo de su influencia, era controlar al grupo de jóvenes en su conjunto.

 

Según la apreciación de la CIA y de la SINA, al alcanzarse ese objetivo, llegarían a crear futuros destructores del socialismo, auténticos conspiradores, de los que iban a «tumbar el muro de Berlín en Cuba».

 

Por eso Corwin atendió con diligencia a Frank Carlos. Le facilitó todo lo que necesitaba, siempre atento a sus deseos, a nombre de la «amistad». Le propuso proyectos, contactos, insistiendo en la seductora idea de la comercialización de las obras que este  promovía.

 

Pero otra vez, el enemigo se había equivocado. Como joven cubano que creció con la Revolución, lejos estaban de imaginar quienes lo «visualizaron» que él se mantendría fiel a su país. Más de diez años han transcurrido, y hasta ahora que se hace pública su identidad, Frank Carlos Vázquez ha cumplido misiones como el agente Robin de los Órganos de la Seguridad del Estado, cuya mayor riqueza consiste, precisamente, en esa fusión de los hombres y mujeres que la integran con el pueblo, en defensa de la Patria.

 

 

 

Una experiencia americana

 

Con un presupuesto que parecía sin límites, y un acceso privilegiado a distintas esferas del mundo cultural norteamericano, Larry Corwin le anuncia a Frank Carlos que le iba a conseguir invitaciones de prestigiosas instituciones, para que pudiese viajar a EE.UU.

 

«En el año 1998, se me acercan y me entregan una invitación realizada por el Chicago Cultural Center», considerado como uno de los más relevantes de su tipo en suelo estadounidense.

 

Frank Carlos y su grupo habían sido seleccionados «para establecer un proyecto de intercambio» que los alió a ese centro en una amplia colaboración mediante la cual fue dos veces al norteño país con todos los gastos pagados, como «cortesía» de las agencias federales e instituciones gubernamentales en Washington.

 

Más que nunca, el buen conocimiento del inglés, fue la llave: «Prácticamente me abrió todas las puertas. Estando allí pude tener acceso a muchísimas personalidades con las que, por mi conocimiento de su idioma, pude establecer un diálogo y un contacto muy profundo», recuerda.

 

«Conocí desde el alcalde de Chicago hasta los directivos de las instituciones culturales más importantes, pasando por galeristas renombrados dentro del mundo del arte. Nos entrevistamos con diferentes congresistas, políticos…»

 

A estos encuentros se sumaron otros con agendas políticas muy definidas, que rebasaban la divulgación y la promoción de la cultura. Es así como dirigen a Frank Carlos hacia «lo que ellos estaban interesados que yo conociera». Y en apariencia, el plan del «team» Corwin-Doran se concretaba poco a poco.

 

Los «diplomáticos» de la SINA sopesan la amplia experiencia adquirida por Frank Carlos, y comienzan a manifestarle otras «necesidades», específicamente que tratara de aglutinar a jóvenes. El objetivo de la operación emerge entonces con claridad: inculcarles «los intereses que las instituciones culturales de EE.UU. perseguían», dice.

 

A esas alturas se había establecido una especie de regla: esperando que ocurriera aquí lo mismo que en Europa del Este, el mercado occidental y particularmente el estadounidense estaba ávido de un arte cubano contestatario e hipercrítico.

 

Su experiencia «americana» dejó también otros recuerdos en la memoria de Frank Carlos Vázquez Díaz. De Chicago, donde lo ubicó la inteligencia norteamericana en su plan de influencia, no olvida la visita que hizo a barrios marginales, «donde los ciudadanos afronorteamericanos son totalmente segregados».

 

También le chocó «la violencia en las calles y el tráfico incesante de drogas que existe en muchos lugares», así como vivir «la realidad de un país que está diseñado para ganar dinero», y si las personas no son capaces de obtenerlo «se les considera de segunda clase».

 

 

Necesaria recapitulación

 

La invitación que recibió Frank Carlos Vázquez se inscribe en el programa Cuba de la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID, por sus siglas en inglés), que, financiado con millonarios fondos federales, sirve de cobertura a la actividad de la CIA contra la Isla. Uno de los métodos empleados es la fabricación de líderes sociales, supuestamente capacitados como «agentes para el cambio» político y que tratan de captar en el universo juvenil, los artistas, universitarios, la intelectualidad… utilizando como señuelo el otorgamiento de becas y viajes.

 

La USAID, según explica la capitana Mariana, analista de la Seguridad del Estado, se vale además en su accionar de diversos mecanismos, «uno de ellos es el empleo de organizaciones, como es el caso del Instituto Republicano Internacional (IRI)», surgido en 1983 bajo la administración de Ronald Reagan, un arma de la derecha estadounidense para campañas de engaño y de manipulaciones. Su presidente es, ni más ni menos John McCain, un amigo de la mafia cubanoamericana de Miami.

 

El IRI desempeña un activo papel en el programa Cuba de la USAID y para ello ha establecido dos objetivos prioritarios, que son incrementar el libre flujo de información desde y hacia la Isla, y en segundo lugar la conformación de organizaciones no gubernamentales que faciliten sus fines. El IRI no actúa directamente en territorio nacional sino a través de organizaciones como Solidaridad Española con Cuba y la Fundación Eslovaca Pontis.

 

Para el IRI es de suma importancia lograr instalar en el país redes de comunicación inalámbrica con posibilidades de transmisión vía satelital con la utilización de medios de tecnología avanzada como el Bgan.

 

Por otra parte, la USAID también «puede utilizar mecanismos más directos, como sucedió en el caso de Frank Carlos, quien fue contactado de manera personal por un funcionario de la SINA».

 

Argumenta la analista de la Seguridad del Estado que la beca concedida a Frank Carlos fue, justamente, «parte de su preparación» y una forma de «trabajar sus cualidades de liderazgo, sus potencialidades.

 

«En definitiva, este programa lo que busca es darle una orientación contrarrevolucionaria a los fenómenos propios de nuestra sociedad, o construir hechos, o líderes que permitan canalizar los intereses del gobierno de Estados Unidos en relación con Cuba», puntualiza.

 

No hay que llamarse a engaño. La USAID respecto a nuestro país apoya un accionar que bajo distintos escenarios persigue crear las condiciones del «cambio», antes, durante e inmediatamente después de la «transición».

 

A partir de 1995, luego de la implementación de la Ley Torricelli durante el gobierno de William Clinton, se hizo más evidente la actividad subversiva de esta agencia federal contra nuestro país. Por ejemplo, han entrado por diferentes vías más de 10 000 radios de onda corta, y casi dos millones de libros, y productos multimedia con propaganda que alienta el «cambio».

 

Pero para nadie es secreto el extenso aval de la USAID en temas de injerencia y desestabilización desde que fue fundada en 1961 durante la administración del presidente John F. Kennedy.

 

En América Latina, está asociada a muchas de las intervenciones yanquis en la región. Mención especial merece la participación de la agencia en la década del 70 en la aplicación del Plan Cóndor, una transnacional secreta de muerte contra la izquierda en el Cono Sur del continente.

 

Más recientemente, en el 2002, la Agencia del Desarrollo Internacional estuvo muy vinculada al golpe contra el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Desde entonces, ha aumentado de manera continua la intensidad de sus operaciones de apoyo a la oposición, a través de una serie de «programas» que subsidia a golpe de millones.

 

En Bolivia y la Honduras de José M. Zelaya ha sido otro tanto, aunque siempre han tratado de edulcorar los capítulos más repugnantes de su historia.

 

 

Operación vitral

 

Dentro de las tareas que iban dándole a Frank Carlos hay una que rememora, en este recuento de más de diez años como el agente Robin. Fue en el 2000, cuando los estadounidenses James Patrick Doran y Larry Corwin le solicitan con insistencia que se acercara al contrarrevolucionario Dagoberto Valdés, quien dirigía la revista Vitral y el denominado Centro Cívico Religioso de Pinar del Río.

 

«Ese proyecto era de mucho interés para los norteamericanos. Me pidieron que organizara un encuentro entre los funcionarios de la Sección de Intereses y Dagoberto, que se preparó en un lugar discreto de la ciudad».

 

En esta visita con toque de clandestinidad, los visitantes hablaron con el susodicho acerca del potencial de su —hoy desaparecida— publicación para expresar ideas contrarrevolucionarias, y como medio para ser utilizado contra el Gobierno y la Revolución Cubana.

 

Hecho significativo: Valdés planteó entonces su «gran preocupación pues estaba siendo contactado directamente por los “diplomáticos” norteamericanos, porque, según él, eso lo ponía demasiado en evidencia». Así que se pronunció por «trabajar a través de los diplomáticos de las embajadas checa y polaca, que estaban un poco más afuera de la palestra pública», lo que le permitiría actuar «con mucha más rapidez y tranquilidad». Pronto, el encuentro «discreto» de Pinar se acompañó de una exposición de carteles organizada, «casualmente», con la colaboración de diplomáticos polacos y checos.

 

«Ahí se plasmaban algunas ideas que venían de Polonia… y que fueron entonces propaladas dentro de la intelectualidad pinareña…»

 

Dagoberto pretendía «convertirse en el  paladín de la libertad, en el portavoz de los intelectuales y convertir esa revista en un vehículo contrarrevolucionario para destruir nuestra Revolución», asegura Frank Carlos.

 

 

La bienal de Vicky Huddleston

 

En el propio año 2000, la SINA pretendió manipular un evento de tanta trascendencia y prestigio internacional como la Bienal de La Habana, en este caso durante su VII edición.

 

No por gusto intentaron hacer el trabajo de subversión. La Bienal ya se había ganado un merecido espacio donde se divulgaba un arte experimental de alta calidad que era apreciado por grandes sectores de la población cubana.

 

«Un día se me aparece Larry Corwin en la casa con una gorra de pelotero, una camiseta y un short de playa.  Venía en una bicicleta», rememora Frank Carlos, quien en ese momento se extrañó de la imagen del diplomático. Con el disfraz,  Corwin intentaba encubrir su accionar ilegal.

 

Esa «sorpresiva aparición» era para pedirle que Frank Carlos lo apoyara «en una misión muy importante» que consistiría en «servir de enlace entre los directivos de la bienal y yo para poder obtener información que ellos necesitaban, pues ellos no tenían otra manera de acceso».

 

Lo cierto es que para esa VII Bienal aflora ahí una numerosísima delegación norteamericana con muy pocos artistas y, sin embargo, llegó una legión de abogados, coleccionistas, empresarios, funcionarios de instituciones culturales estadounidenses, y «especialistas» del arte vinculados al Departamento de Estado.

 

La SINA dirigió las actividades de la comitiva que fue recibida (y aleccionada) por su jefa, Vicky Huddleston, quien ofreció entonces la recepción más grande que hubo en la historia de esa representación diplomática.

 

Fue una Bienal donde, paralelamente a las actividades del evento, los funcionarios de la Sección de Intereses desarrollaron su propio plan: una operación agresiva de influencia y captación.

 

«Prácticamente fue una acción puerta a puerta, tocaron a las puertas de los artistas, a las de los promotores culturales, a las de los galeristas…»

 

A juicio de Frank Carlos «la labor de la SINA en Cuba en esa época se puede considerar una de las más activas. Ellos trataron de penetrar el mundo cultural nuestro y establecer vínculos que iban mucho más allá de la labor diplomática.

 

«Pretendían comprar los favores de nuestros artistas e intelectuales, ofreciéndoles exposiciones y promociones en diferentes galerías norteamericanas, a cambio de que reflejaran una realidad discordante o distorsionada… La finalidad era crear un estado de opinión, un fenómeno cultural ficticio, fabricado, con el cual se intentaba expresar al mundo que los intelectuales cubanos estaban en contra de la Revolución».

 

 

Hipocresía imperial

 

La historia de Frank Carlos Vázquez no pertenece al pasado. La captación y manipulación de exponentes del ámbito cultural para que «pinten» una Isla distorsionada, acorde con la imagen que de ella quieren propalar, es una práctica que se mantiene.

 

En la actualidad, concursos promovidos desde la Oficina de Intereses también buscan acercarlos e imponer en su obra la agenda con que Estados Unidos pretende dividir a la sociedad cubana, trasladando a ella —o magnificando— conflictos inexistentes aquí  como lo relacionado con el tema racial.

 

Además, han puesto a funcionar tres centros de acceso a Internet dentro de sus predios para la preparación de la contrarrevolución.

 

Tales ilegalidades se ejecutan bajo la cobija de lo que un documento de la SINA describe como «constituir un espacio público con fines educacionales e investigativos, así como facilitar la comunicación y la publicación de materiales en Internet, con fines profesionales y/o de trabajo».

 

«Acercamientos» de este corte retoman una práctica plasmada en la denominada Ley para la Democracia en Cuba, conocida como Ley Torricelli, emitida en 1992, cuando estipula el contacto «pueblo a pueblo» como una manera de minar a la Revolución desde adentro (el llamado Carril II).

 

Se trata de una política hipócrita seguida a pie juntillas por la administración de William Clinton y que George W. Bush desdeñó por un quehacer que elevó a su máxima expresión la agresividad y el hostigamiento al pueblo cubano.

 

Ahora Barack Obama retoma la política de la zanahoria, como lo ha demostrado con el restablecimiento, en enero pasado, de las medidas emitidas por Clinton al calor de la Torricelli y derogadas por su sucesor republicano en 2001 y que, entre otras decisiones, proclama la posibilidad de que estadounidenses viajen a nuestro país con objetivos académicos, educacionales, culturales y religiosos…

 

Luego de la experiencia que la labor como el Robin de la Seguridad del Estado le ha dejado a lo largo de más de una década, Frank Carlos Vázquez siente reforzado el compromiso con su tierra y ama aún más a su natal Pinar del Río.

 

Y a los jóvenes les alerta que no se dejen engañar por falsas promesas. El ser humano es lo más importante y la construcción de la dignidad, del bienestar humano, de un sistema equitativo, justo, como el que construimos aquí, es lo más sagrado que puede tener una persona en su vida.

 

FUENTE:  JEAN-GUY ALLARD, MARINA MENÉNDEZ y DEISY FRANCIS MEXIDOR

Alicia en el país de Teresita

Alicia en el país de Teresita

«A la creatividad no se le puede poner límites». Así nos dijo Alicia Elizundia Ramírez en una de las primeras clases de periodismo radial que nos impartió en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas. Enseguida anoté el consejo en mi libreta.

Alicia es de las profes que no se niegan a compartir su conocimiento, a ayudar a los alumnos, a escuchar. Es por eso que quienes aprendimos de ella nos alegramos de sus triunfos.

Alicia es como Teresita. Las dos son eternas maestras, de magisterio y vida. Y las dos son como niñas grandes, que nunca pierden la ternura.

Alicia es como Teresita. Las dos son eternas maestras, de magisterio y vida. Y las dos son como niñas grandes, que nunca pierden la ternura.

El más reciente fue en la recién finalizada XX Feria Internacional del Libro. La Editorial Gente Nueva reeditó su libro: Amiguitos vamos todos a cantar, páginas donde la cantautora Teresita Fernández (Santa Clara, 20 de diciembre de 1930)cuenta la historia de sus canciones.

Le confiesa Teresita que «siempre me ha importado más hacer la canción por necesidad de crear y vivir, de hablar y ser maestra, que dejar constancia de lo que hago».

Y le narra cómo surgió Mi gatico Vinagrito, Vicaria, Lo feo, Tin  tin...la lluvia, Porque tenemos el corazón feliz y tanta otras canciones.

Alicia es como Teresita. Las dos son eternas maestras, de magisterio y vida. Y las dos son como niñas grandes, que nunca pierden la ternura.Amiguitos... es un deleite para las generaciones de niños que han crecido con las canciones de Teresita, es el agradecimiento de Alicia Elizundia a esa maestra que canta tanta poesía entre cuerdas de guitarra, es el regalo en su cumpleaños 80. Es, ante todo, un diálogo entre personas queribles.

«Hagan las preguntas de una en una. Recuerden no hacerlas tan generales, y deben investigar antes la vida de esa persona», nos decía Alicia en sus conferencias. Y su libro es la evidencia de esa teoría.

Rememoro entonces cuando se publicó por primera vez --por la Editorial Capiro en aquella ocasión--. La presentación la hizo uno de sus alumnos de Periodismo. El muchacho estaba un poco nervioso, pero «tenía que hacerlo bien, porque se trataba de la profe y le tengo cariño».

La editorial villaclareña Capiro tuvo a su cargo la primera edición de Amiguitos vamos todos a cantar.

La editorial villaclareña Capiro tuvo a su cargo la primera edición de Amiguitos vamos todos a cantar.

Alicia es como Teresita. Las dos son eternas maestras, de magisterio y vida. Y las dos son como niñas grandes, que nunca pierden la ternura.

«Profe: ¿cómo está Teresita?», le pregunto a veces, porque a partir de la primera edición del libro, infiero que la trovadora es para ella como una madre. Y Alicia se emociona al responder, y me cuenta que hace poco hablaron por teléfono, y que le echa de menos.

Es que Alicia Elizundia es de los periodistas imprescindibles que sentenció Ryszard Kapuscinski, esos que son, ante todo, buenas personas.

Fuente: Leydi Torres Arias

 

Sin perder la memoria

Sin perder la memoria

 (Conversación con César López)* 

Estar al servicio de la poesía es estar al servicio de la libertad», ha dicho César López, Premio Nacional de Literatura. Quizás esta ha sido una de las razones por las que se ha mantenido junto al verso durante más de cincuenta años, y porque ha sido el verso el mejor modo de expresarse, de ser honesto y de mostrar su identidad.

Mientras conversa, el autor de Libro de la ciudad, cita una y otra vez a algún poeta o escritor, entre todo el arsenal de lecturas que guarda su memoria.

Su hablar pausado y reflexivo no evade ninguna pregunta, y su mirada se pierde en el recuerdo de su Santiago natal, o en el inmenso mar del norte habanero, el mismo mar que a veces lo ha colmado de quietud y que, cuando ha estado lejos de él, ha salido a buscar.

Más de medio siglo dedicado a la literatura es una buena razón para intuir que usted cree en la utilidad de este arte. ¿Cómo ha podido verlo en la práctica de su vida, con su obra?

«Verte y no verte», diría un conocido poeta español que navegaba lejos. ¿De qué se trata o de qué se pregunta: la utilidad del arte o el arte en sí, mi convicción, mi creencia, mi vida, o mi supuesta obra? Nunca me he planteado la utilidad como fundamento de la creación. Eso, si resulta —cosa por demás muy gratificante y hasta necesaria—, se da por añadidura. Pero, independientemente de cierto juego de palabras al que tal vez soy muy inclinado, siento una relación íntima entre vida y literatura, creación, que vuelve útil a la segunda y sostiene agonizante a la primera. Sostén y agonía quizá a la manera de Unamuno.

Desde aquellas primeras publicaciones en Ciclón hasta hoy, ¿de qué no ha podido desprenderse César López como poeta?

De mi condición de servidor de la poesía. Es decir, de la cultura y —¿por qué no ser reiterativo, casi tautológico?— de la propia vida. Desde aquella época buscaba, creo, la identidad del yo y la circunstancia. En ello permanezco con insistencia.

Algunos valoran su poesía como punzante, irónica y polémica, ¿estas formas de decir tienen que ver con su vida? ¿Escribir y existir son una misma cosa para César López?

Diría que sí. Volvemos al concepto del ser y el estar, en la vida y en la poesía. El misterio, metafórica o metafísicamente, ya estaba expresado o planteado en José Martí: «Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. ¿O son una las dos?». Si aceptamos que Patria es ámbito vital, vemos que la asimilación del lugar supera cualquier catástrofe atribuida al destino. Pueblo y «escribir para el Pueblo, qué más quisiera yo», modestamente anhelaba Antonio Machado. Y la palabra se ensancha y profundiza en la vida, ¿o es al revés, que resulta lo mismo?

¿Qué pasó entonces durante los quince años que estuvo sin publicar?

 

Que «pasó el tiempo y pasó un águila sobre el mar». El silencio editorial no implicó ausencia de escritura y mucho menos de vida. De todos modos, me gustaría, una vez más, hacer algunas precisiones. Mi último libro publicado en Cuba, en aquella época, fue Primer libro de la ciudad, que apareció en 1967, y no fue hasta 1982 que la misma editorial, Unión, presentó Quiebra de la perfección; aunque en ese lapso de tiempo salieron un par de libros en España que, por cierto, quiero aclarar, fue en los primeros meses, más o menos, del gran silencio y sin ninguna gestión de mi parte, pues en realidad prefería que, de no publicar en Cuba, tampoco sucediera en otro lugar. Como sucedió a otros escritores cubanos, mi nombre «desapareció» de la circulación literaria de nuestra patria. En el antiguo catecismo, de la enseñanza  católica, existía esta respuesta para cierta pregunta que puede en este caso ser equivalente: «No me preguntes a mí que soy un ignorante, doctores tiene la Iglesia que te sabrán contestar mejor». No hay que olvidar que existen muchas y diferentes iglesias, de muy variados credos y que en la mayoría de ellas, junto a la nobleza, habita la miseria, el fanatismo, el fundamentalismo y, por qué no, la burocracia como mal enemigo de la historia y buen aliado del poder.

¿Exactamente cuál fue la razón por la que su cuaderno Segundo libro de la ciudad estuvo prohibido durante dieciocho años?

Supongo que tiene que ver algo con la respuesta anterior. Lecturas torpes y amañadas, o aquello de que «todo es según el color del cristal con que se mira». No hay que olvidar que cuando el libro aparece en Barcelona, en 1971, por razones de censura no previa, la sección «Salmo y comentarios» fue suprimida, hábilmente, por la Editorial Ocnos, para que pudiera ser distribuido el tomo.

¿Cómo asumió su reaparición en el panorama literario cubano después de quince años?

Con un verso del poeta cubano Enrique Hernández Miyares: «Todo noble tesón al cabo alcanza/ fijar las justas leyes del destino». Paradoja, después de lo que con anterioridad dije del destino. Pero siempre «será la más hermosa». La literatura sirve y Cervantes sigue siendo un ejemplo. Hubo, también, generosidad y comprensión en muchos lectores en distintos y abundantes niveles.

¿Aquellos años de silencio editorial le hicieron callar o cambiar algo?

«No he de callar, por más que con el dedo,/ ya tocando la boca, o ya la frente,/ silencio avises, o amenaces miedos». Lección de Francisco de Quevedo.

¿Cómo valora el debate digital suscitado en 2007 entre un grupo de artistas, tanto dentro como fuera de Cuba, a propósito de la reaparición en televisión, luego de varios años, de algunas figuras que estuvieron muy vinculadas con lo que se conoció como el quinquenio gris de la cultura cubana o «pavonato»?

Todavía no se ha establecido un verdadero debate a propósito de esa situación, que hay quienes a veces de forma sutil quieren reeditar. Así quisieran algunos que se repitieran los errores, disparates, agresiones, para poder justificar sus actitudes. Lo que se ha llamado el «pavonato» comenzó mucho antes de la hipertrofiada publicidad del aumentativo nombre zoológico de corto vuelo y, desgraciadamente, también se prolongó —y a veces persiste e insiste— en sus miserias. Ahora bien, su consistencia, como en la zarzuela, «se balancea, se balancea».

Considero que es una obligación cultural, ética, evitar cualquier tipo de resentimiento. Lo que no significa una convocatoria al olvido. Casi en un tono sospechoso de un tergiversado origen religioso, insisto en perdonar y no olvidar, para evitar que se repitan hechos que sin temor pudiéramos calificar de infamantes. Perder la memoria conduce al desastre cultural e histórico.

Pero, ¿no cree que hay muchos resentimientos dormidos y daños por resarcir?

Aquella época de nuestra cultura no se ha revivido. Estoy hablando, desde luego, de lo errático de ciertos prolongados momentos. Ahora se comienza —con muchos riesgos y múltiples dificultades— a afrontar la vida sin exageraciones o pánicos triunfalistas o derrotistas. El azoro del triunfo o la derrota no conducen a ninguna parte. O tal vez sí, llevan al fracaso más terrible. La vanidad nos puso al borde del abismo y es hora de reconocernos tal como somos. No creo que debamos seguir considerándonos perfectos. En todo caso perfectibles, la perfección es una meta dinámica, nada más. Lezama hablaba de «la perfección que muere de rodillas». Pienso que hubo un sinnúmero de elementos que sirvieron de apoyo a la aparición de aquellos hechos que, sin embargo, no borran, o no deben empañar la grandeza de los otros sucedidos. Se trató de hacer una Revolución más grande que nosotros mismos, es momento de razonar sin abandonar las esperanzas de que «un mundo mejor es posible», pero con la constante lucidez que nos advierta que también un mundo peor es posible. Todo depende de nosotros mismos. Y el tiempo no se borra. Y también, ¡cuidado!, hay muchos interesados, sospecho que tanto fuera como dentro del país, en que lo grande, lo justo, lo digno, no se logre, sino que se frustre.

Lo pasado pasó, mas no tiene que volver a pasar. La inteligencia y la mesura pueden acompañar la pasión. Hubo responsables e irresponsables. Quizá intercambio de roles. Pero la salvación está, supongo, en comprender razonablemente los hechos. Sin olvidar que «el sueño de la razón engendra monstruos».

César, ahora que se ha recordado aquella época de nuestra cultura, de la cual aún hay muchas cosas por aclarar —como usted mismo ha señalado—; historia que muchos jóvenes no conocen, y otros sólo de manera fragmentada. ¿Cómo valora usted pasados los años, aquellos acontecimientos? ¿Pudiera abundar en detalles sobre lo acontecido?

Todavía no se ha hablado ni escrito lo suficiente de aquel período, de sus antecedentes y de sus consecuentes. Los días, los meses, los años, van deslizándose, la precisión se pierde, llega la vejez y puede surgir la mala fe y la decrepitud, independientemente de los puntos de vista de los actores, activos y pasivos, víctimas y victimarios. Sin presumir de tener toda la verdad ni todos los detalles, muchas veces me he espantado al leer o escuchar ciertas supuestas crónicas, inexactas y carentes de rigor… y mucho más, cuando intentan apresuradamente interpretar los hechos. Interesadamente, inclinándose hacia un lado o hacia otro.

 

Acerca de la triste noche de la autocrítica en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) durante el caso Padilla, usted ha dicho: «creo que ya es tiempo de que entre todos vayamos dando nuestras opiniones y recuerdos, y así el rompecabezas de lo que no debió haber ocurrido se podría aclarar y armar». ¿Pudiera darnos detalles de lo vivido por usted aquella noche?

Después de los días de detención del poeta Heberto Padilla, justamente a las doce horas aproximadamente de su puesta en libertad, los también poetas Pablo Armando Fernández, Manuel Díaz Martínez y yo, nos encontramos y juntos fuimos a la UNEAC, donde Padilla se entrevistó con Nicolás Guillén, ellos dos solos en el despacho del poeta y presidente. Eran aproximadamente las once de la mañana. Allí «decidieron» —cosa que a mi juicio y a juicio de los otros estaba «decidida» de antemano—, celebrar esa misma noche, en la sala Martínez Villena, una reunión para explicarles a los escritores la situación del poeta Heberto Padilla. De paso, ya lo sabíamos nosotros, algunos otros nombres serían invocados. Los que prepararon aquello, o lo cocinaron, habían advertido a Lezama Lima para que no asistiera. Padilla se refiere a eso en un agudo capítulo de su libro1 publicado mucho después en el extranjero —capítulo brillantemente escrito, pero falso en cuanto a que la visita narrada nunca existió—. Sin embargo, los argumentos resultaron dignos y valientes, y sobre todo ennoblecen la íntegra y solidaria actitud de Lezama, quien sin abandonar el humor y su erguido lenguaje desmonta un tanto el tinglado de la antigua farsa.

El joven poeta José Yanes, que fue citado y no concurrió, mas trepado por las rejas del palacete del Vedado escuchó y vio, espantado, toda la puesta en escena, aparentemente fue colocado al principio en un segundo y nebuloso plano, terminó confuso y poéticamente liquidado en el exilio. La mayoría de los escritores estaban presentes. No todos, desde luego. Virgilio Piñera, contra lo que afirman algunos testigos, sí estuvo, aunque no fue nombrado en la supuesta y prefabricada autocrítica, que se extendió a los otros escritores ya citados. Tampoco fueron denunciados Antón Arrufat, José Rodríguez Feo, José Triana, quienes habían sido atacados y ofendidos con anterioridad en la revista Verde Olivo, dirigida por Pavón Tamayo, en unos artículos firmados por el inexistente Leopoldo Ávila. Después de las palabras del Dr. José Antonio Portuondo y el mea culpa de Heberto Padilla, las «confesiones» de Belkis Cuza Malé, Pablo Armando Fernández, Manuel Díaz Martínez, Norberto Fuentes y las mías, hubo alguna que otra intervención, con signos e intenciones distintas, de Quesada, Martínez Hinojosa y René Depestre, y una nueva intervención de Fuentes, y también muchos aplausos por parte de la concurrencia. Al terminar, y por mucho tiempo, se prolongó esa «tortícolis política» que consistía en evitar hasta el más mínimo saludo a los enemigos. Muchos aplausos y la eliminación prolongada de todos esos nombres de la vida literaria de la patria, lo que incluía la desaparición de libros de las bibliotecas y hasta en muchos casos la imposibilidad de encontrar referencias en los ficheros y, naturalmente, interdicción de viajes, tanto al extranjero como al interior del país. Eso sí, hubo infinidad de fotógrafos, camarógrafos, informantes y similares que, sin embargo, y con la lógica de los tiempos que corrían, nada publicaron al respecto, con excepción de una editada reseña en la revista Casa de las Américas   —en la que nada tuvo que ver su director— y la sorprendente y única información de la noche aciaga en la revista Libre.

 

Al salir, sabiendo desde antes que «abril es el mes más cruel», se exacerbó la atmósfera de sospechas y persecuciones, que fue alcanzando y afectando no sólo a los públicamente humillados, sino también a otros como Antón Arrufat, Miguel Barnet, Eduardo Heras León, Ezequiel Vieta, Lina de Feria, Reynaldo González, Delfín Prats, etcétera, etcétera…

Como decía o insinuaba, si nos limitamos a la prensa cubana, especializada o no, con la excepción ya señalada de la revista Casa de las Américas, nada había ocurrido. La UNEAC, en ninguna parte o sitio se refirió al asunto. Nicolás Guillén, quien elegantemente hubo de «enfermarse» y no asistir a la ceremonia o juego de escarnio, volvió a su oficina y desde su aflicción intentó por todos los medios a su alcance mitigar los sufrimientos de los humillados y ofendidos. Tengo pruebas testimoniales de todo lo que intentó hacer para sacarnos del pantano sospechoso y muy alentado por muchos de «correcta postura política». No olvido ahora, ni nunca, la actitud solidaria, comprensiva y generosa de muchos colegas. Pintores como Portocarrero, Martínez Pedro, Sandú Darie, Juan David, Servando Cabrera, Raúl Martínez, Mariano, jamás me abandonaron; músicos como Harold Gramatges, Carlos Fariñas, Leo Brouwer, González Mantici, Carlos Puebla… Alfredo Guevara, valiente y firme en su comprensión humana y solidaria. Y Nicolás siempre a mi lado.

Parece que, burlando e invirtiendo el sentido, «la noche quedó atrás». Queremos que sea cierto y en eso estamos todos… o casi todos.

Siempre se habla de los años setenta como oscuros y difíciles para la cultura cubana. ¿Considera usted que aquel panorama llegó a ser revertido en su totalidad?

El proceso es lento y lo considero irreversible y, a la vez, confío en que sea irrepetible. Sí, fueron años oscuros y difíciles. Nada de quinquenio, ni gris. Largo lapso y más negro que la oscuridad. Recuérdese que lo negro no es ni siquiera un color, sino la falta de tonalidad. Quedan rasgos y la totalidad de la reversión que usted señala no ha llegado todavía, pero espero que esa toma de conciencia de la que estamos hablando nos permita alcanzarla. Es el estímulo de lo difícil que ya nos anunciaba Lezama.

A propósito de la Feria Internacional del Libro de La Habana 2007, en la que a usted se le rindió homenaje, varios diarios fuera de Cuba valoraron su discurso inaugural como un acto de valentía. Por ejemplo, el diario argentino Página 12, dijo que César López se animó a reivindicar a un puñado de autores cubanos «conflictivos». ¿Qué se propuso al mencionar a todos estos poetas y escritores?

El verbo «animar» me satisface más que la proclamación de supuesta valentía. Como esas palabras fueron pronunciadas delante del compañero Raúl Castro, me gustaría que se entendiera mi postura como reconocimiento a quien en ese momento detentaba y detenta la dirección del país, un compañero más, comprometido con la Historia, con el proceso de madurez revolucionaria que vive la Patria y ante quien sea posible hablar con respetuosa libertad, que sólo revela la postura entrañable de otro cubano perteneciente a su cultura, que incluye todo lo que nos conforma y sostiene contra lo que nos ataca e intenta destruirnos. Si algo me propuse, fue ser sincero, coherente y fiel a ideas y principios que alientan lo que considero condición de cubanía. La denominación de «conflictivo» no excluye a nadie del altar de la cultura patria. No volveré a mencionar nombres. Aquella vez me limité a aquellos que por haber fallecido tenían una obra completa. Pero no olvido a los que aún viven, aunque no compartan todas las concepciones vigentes en la Isla. Una cosa es el crimen y la traición y otra el disenso, el punto de vista diferente. Por otra parte, esa postura, matizada en el tiempo y el espacio, siempre ha sido la mía. Le pido que revise mis palabras cuando se me otorgó el Premio Nacional de Literatura en el año 2000, también Feria del Libro de aquel año. Y mis múltiples intervenciones, tanto en Cuba como en el extranjero, abogando por una cultura única, con sus distingos y diferencias, claro está. Y para algún supuesto enterado y sabidillo de ocasión, le aclaro que nadie, en ninguna esfera o nivel político, cultural y mucho menos «seguroso», conocía previamente del contenido de aquellas palabras. Unas semanas antes, en la ocasión del intercambio de correos electrónicos, había afirmado, con José Martí naturalmente, «yo soy honrado y tengo miedo». Ahora lo reitero, pero con la convicción de que los intelectuales gozamos del respeto que alguna vez, en un pasado cercano, trataron de arrebatarnos. Por eso agradezco los gestos de muchos dirigentes a partir de aquel momento, el diálogo sostenido y la comprensión de la voluntad constructiva de los creadores que mantienen, mantenemos, una adhesión, un compromiso permanente y crítico a la vez, con su Revolución. Además, el miedo, a diferencia del pánico, no paraliza.

Algunos artistas y escritores cuando son distinguidos con un alto reconocimiento, como es el Premio Nacional de Literatura que usted recibió en 1999, asumen un discurso desde la oficialidad. ¿Cómo usted ha logrado despojarse de ese discurso?

 
Precisamente por lo que le acabo de decir. La verdad, que en Cuba ya asomaba en los aforismos de Don José de la Luz y Caballero y toda la obra del Padre Varela, para no insistir en los poetas, hombres y mujeres que nos alientan desde siglos anteriores. La cultura, el sentimiento patrio, están por encima de la supuesta y muchas veces encasillada oficialidad. Y, no olvidemos, parodiando, como he hecho repetidas veces con anterioridad, a Calderón de la Barca, cuando hablaba de los astros: «Los premios inclinan, pero no obligan».

¿Por qué estos pronunciamientos suyos después de tantos años?

Porque tal vez sigo la orientación del Eclesiastés: «Tiempo de callar, y tiempo de hablar». Por lo cual se puede afirmar que hay tiempo de andar y tiempo de desandar lo andado. Y se hace camino al andar, como nos dejó dicho Antonio Machado y repitió valiente y musical Joan Manuel Serrat. En aquellos momentos de prohibición, ¿cómo y dónde me iba a pronunciar? Cuando las oportunidades se presentaron, y se han ido presentando, he proclamado lo que he estado pensando y que evolucionaba al mismo tiempo con el tiempo. Los años dan también entendimiento, no siempre, es verdad; y el diablo sabe más por viejo que por diablo. Algunas veces el diablo está fundido con el viejo, pero igual que la juventud no es una categoría definitiva del espíritu, y mucho menos de la inteligencia y la capacidad creadora, tampoco lo es la vejez. De senectute se puede divisar de juventute y dar como resultado una vida más plena. Lo que me queda por vivir. Como un bolero.

 

Usted suele repetir una frase de Lezama Lima: «La memoria prepara sorpresas». ¿Qué es lo que más lo sorprende cuando hace ejercicio de la memoria?

«Gamo en el cielo, rocío, llamarada». Así continúa Lezama. No puedo aceptar la pérdida de la memoria. No quiero. No me conformaría. Tampoco considero recomendable, ¡todo lo contrario!, la renuncia colectiva de la memoria, de eso que llaman la memoria histórica, pues sin memoria no hay historia posible, ni siquiera historieta. Sorprende el descubrimiento, que puede significar revelación y aviso, del pasado y hacia el futuro. Plenitud del presente.

¿Qué sentimientos le provoca cuando desde el balcón de su casa mira el mar que baña al malecón habanero? ¿Tendrán que ver estos sentimientos con el haber elegido anclar para siempre en esta isla?

«¡Que yo me voy a la mar de junio, niña, a la mar…». Con la venia de Mariano Brull. En el malecón habanero el balcón es un amplio portal y el sonido es perpetuo. A todas horas y en la alta noche, cuando surcan los barcos por la azul epidermis de los mares, para que René López me lo susurre al oído. Desde mi alta habitación en la ciudad de Santiago de Cuba, en Clarín y Rey Pelayo, contemplando la bahía lejana, pero visible y entrañable a la vez. Cuando vivía en Madrid, alejado del mar, tenía, cada vez que se presentaba la oportunidad, que salir a buscarlo… y llegué hasta Sètte donde me esperaba Paul Valery y «la mer, la mer, toujour recomencé». Esa es una razón, ser también criatura de islas, elegir estar adentro y frente al agua, «en fin, el mar».

1 Se refiere a La mala memoria,Ed. Plaza & Janés, Madrid, 1989.

2 Cfr.: Armando Chávez: César López: poeta en la ciudad, Ed. Sed de Belleza, Santa Clara, 2004.

 



* Esta entrevista forma parte del libro Sin perder la memoria, Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2010, en proceso de edición.

Yo soy una maestra que canta

(Memorias de la trovadora cubana Teresita Fernández)

Haberle cantado durante cincuenta años a varias generaciones de cubanos y ser maestra de todas ellas al estilo de “los maestros ambulantes” de los que hablara nuestro José Martí, ha sido la razón de ser de Teresita Fernández.  A ello se une su sentido poético de la vida, su filosofía, su espíritu latinoamericano y martiano, su mística y su extraordinaria vitalidad.

Durante casi doscientas páginas la autora de “Vinagrito”, y también,  por qué no, de Arco Tenso, su reciente libro de poesía publicado por la Editorial de los jóvenes en Santa Clara,  nos cuenta sobre su vida.  Historia que alcanza mayor trascendencia por la filosofía humanista y práctica que ha predicado durante toda su vida la artista. La narración en primera persona es interrumpida por un conjunto de crónicas recreadas por la autora, a partir de momentos y vivencias  junto a la trovadora.

Después de más de veinte años sin venir a su Santa Clara, Teresita retornó con su guitarra en mano, y este es precisamente el punto de partida para estas memorias que nacieron de un conjunto de entrevistas realizadas durante varios años por la autora.

Cómo transcurrió su niñez aquí en esta ciudad; y cómo sus inicios en la música. Cuál es la herencia genética y cultural que le dejaron sus padres: asturiano él, valenciana ella. Por qué un día la joven trovadora  decidió dejarlo todo y correr suerte en la capital.  Quiénes le ayudaron a encontrar el camino;  por qué Teresita le canta a los niños; con qué problemas existenciales y mitos ha tenido que batirse esta mujer; hasta dónde llega su amor por los animales; a que sitios ha salido a volar su canción... son sólo algunos de los aspectos abordados en el libro.

La maestra que canta. La periodista que teje.

 Luis Cabrera Delgado.

 Abrir el libro de Alicia Elizundia sobre las memorias de la trovadora Teresita Fernández, es como pararse delante de un deslumbrante tapiz lleno de las más disímiles formas y vívidos colores. Teresita ha puesto los hilos,  y la periodista ha sabido tejerlos, no sólo para despertar sensaciones estéticas placenteras y agradables, sino también para mover el intelecto y la reflexión.

   Yo soy una maestra que canta no es un libro del que podamos decir que su lectura nos ha dejado un determinado sabor, porque su creadora ha sabido jugar con múltiples integredientes para mostrarnos un retrato de esta destacada cantautora, en el que están presente los más variados sentimientos del ser humano, los anhelos, frustraciones y goces que, en la vida de Teresita Fernández, siempre han estado en expresiones  más allá de los que experimenta cualquier hombre medio.

   El conocer la vida de esta mujer, independientemente de las condiciones particulares de su espacio y tiempo, bien puede servirle a cualquiera, lejos de su latitud, idioma y cultura, para un mirar diferente de la cotidianeidad, para un vivir espiritual más sano, para un mejoramiento de la existencia del ser humano.

    Por razones propias, primero del aldeismo, y después de la mediocridad y el conservadurismo oportunista, hubo poderosos que trataron de matar la artista que hubo y hay en Teresita Fernández, y durante años esta mujer sufrió de incomprensión, persecución y silencio –el duro silencio con que se condena al poeta-, mas la paciencia, el estoicismo y la caridad de una autoformación franciscana la conservaron para ella y para los demás hasta que los vientos que en mi pueblo anuncian el fin de la sequía, levantó la hojarasca y permitió el mágico resurgir de los brotes de la siembra.

   La nombrada y admirada, pero no por ello desconocida, Teresita Fernández anduvo entonces por el filo del peligro.  La leyenda le pisaba los talones para hacer presa de ella y convertirla en mito, el que como todo buen mito, no iba a ser más que una tergiversación de una realidad, ficción y símbolo que responde a quienes lo crean y no a la esencia misma de, en este caso, persona.

   Fue entonces época de homenajes y reconocimientos, oportunidad para verla de cerca y oirle cantar su antológico Vinagrito. Y Santa Clara, ciudad sumada al silencio oficialista después de su fallido intento por sofocarla, se vistió entonces de gala para la reconciliación. Mas cuidado quienes esperaron  que Teresita hubiese cedido un ápice de su irreverencia. Su desaliño, conducta social y compromiso incondicional con la verdad servieron de argumento  para alimentar el mito.

   Y si méritos hay que reconocer a Alicia Eluzundia, el primero en este caso sería la sagacidad periodística, esa suficiencia para más allá de donde vemos todos, ese talento de descubrir la verdadera naturaleza que se oculta detrás de las apariencias. Y de sólo verla descender del auto y traspasar la arcada del primer recibimiento, supo de la riqueza del testimonio vivo que era cantautora valor. No más la oyó hablar de Martí y de los niños se propuso llegar a esta mujer. Para ello se valió no sólo de la técnica de una buena entrevistadora, sino también de la amistad, comprensión y admiración mutua que fue surgiendo en el transcurso del trabajo, y con la paciencia del orfebre la fue desnudando página a página para mostrarnos, no sólo la cantadora de Dame la mano, sino al verdadero y extradordinario ser humano que hay Teresita Fernández.

    Formalmente Soy una maestra que canta es más que un simple testimonio. Es –si es que este género existe- un documental literario. Con un hilo conductor narrado en primera persona, por el que vamos conociendo los pasajes de la vida de la protagonista, oportunamente, la autora recurre a documentos, testimonios de las más disímiles personales, entrevistas, recortes de prensa, poesías y letras de canciones que complementan y conforman la vida que se nos cuenta.

    La labor de composición de este libro demandó, además de la Alicia periodista, de la sensibilidad y talento de la Alicia creadora. Ahí están también sus oportunos comentarios, su capacidad descritiva, su poética narrativa y su talento artístico. Con la sagacidad propia de una buena comunicadora, la autora, despertándonos saviamente el interés por la historia, nos conduce a la lectura amena de lo escrito, la que sólo se interrumpe por los momentos de reflexión que la polisemia  del texto provoca.

   Sabio el jurado del Concurso Nacional de Literatura de la Unión de Escritores y Artista de Cuba que supo otorgarle el Premio (PONER EL NOMBRE DEL PREMIO) del 2000 a Alicia Elizundia por la calidad de su libro Soy una maestra que canta. Su lectura, independientemente de compartir o no la filosofía de Teresita Fernández, acerca al ser humano que hay en ella; independientemente de hacer o no hacer míos sus valores, permiten admirarla más allá de su condición de artistas;  y al talento de la Elizundia se le debe.

   No recuerdo haber leído un libro que, junto al mero goce estético, me entrege de manera tan pudorosamente íntima y total a una persona –buena y sensible- haciéndome de alguna forma, también mejor a mí. Estoy seguro de que esta experiencia se repetirá también en todos y cada uno de quienes tengan la oportunidad de leer el regalo que Alicia Elizundia nos ha hecho.

 

Alicia en el país de Teresita

Alicia en el país de Teresita

Por Arístides Vega Chapú

Alicia Elizundia Ramírez(Quemado de Guines, Villa Clara, l962) no tenía que demostrar la valía de su periodismo después de varios años consagrados a la mejor prensa cultural y humanista de nuestra geografía más cercana, sin embargo con su testimonio Yo soy una maestra que canta, Premio UNEAC  del 2000 y publicado por Ediciones Unión –en el que cuenta de forma inteligente, amena y poética, la singular vida de una juglar que ha recorrido con sus canciones, y por más de cincuenta años, la Isla de Cuba-  se viene a reafirmar como una de nuestras más iluminadas comunicadoras capaz de hacernos cercano cualquier suceso o vida interesante.

Realizar numerosas entrevistas y acopiarlas, revisar la papelería de su entrevistada, acercarse con tacto, discreción, y educación, es decir con profesionalismo, a la vida íntima de Teresita Fernández –una mujer con historias aparentemente impublicables-  ha sido parte del arduo camino que condujo a Alicia a merecer el premio más importante que se concede en esta modalidad y lograr uno de los testimonios más apasionantes que la historia de este género en Cuba recuerde.

Conocer la intimidad de la “maestra que canta”, de su intensa y singular vida; “pobre, nómada y libre”, como la de los juglares, junto a fragmentos importantísimos e imprescindibles de la vida de Cuba y de la bohemia que ha propiciado su mejor música, que es como revelar presente y pasado de los muchos lectores que de seguro tendrá esta obra, ha sido el mérito mayor de este libro: el saber que todo cuanto ha estado cerca de su protagonista es ya parte del patrimonio de la nación; Bola y su escenario en el suntuoso Restaurante de 21 y O, el Cordón de la Habana, la Nicaragua de Sandino, el Chile de la Mistral, el México de sus raíces, el especial público de la fabela brasileña, la historia del ya imprescindible Gatico Vinagrito y la Batalla de Santa Clara.

Aquí está la mujer que ha vivido con honestidad y dignidad los muchos inconvenientes de ser diferente, la que no se preocupó por la trascendencia y ni siquiera por ser reconocida como la imprescindible compositora y poeta que es.  Está la mujer cuya única vanidad ha sido aspirar al cariño de los niños de las muchas generaciones a las que le ha cantado.  Está la cristiana, la cubana, la universal.  Está toda su historia, hasta la que parecía no poderse contar. Está Teresita Fernández, con la misma nitidez de su discurso y sus canciones, con la sinceridad y la poesía que merecía esta historia.  Gracias a Alicia por escribirla. También gracias a otro juglar, Ramón Silverio, que le devolvió a Santa Clara esta historia tan cercana para todos los que seguimos cantando “porque tenemos el corazón feliz”.

 (Publicado en el Boletín Cultural Carta Cuba, No 31,  Marzo 2002)

Teresita Fernández: La maestra que canta

Teresita Fernández: La maestra que canta

Por María Dolores Ortiz

 Estoy segura de que a Alicia Elizundia le causó tanto placer elaborar el libro Yo soy una maestra que canta, como el que sintió el jurado del Premio UNEAC de testimonio, 2000, al evaluarlo y decidir premiarlo por unanimidad.

 Ese placer, el que brota de la lectura de un libro, es el que sentirán los lectores cuando se apropien de esta obra que ahora presenta Ediciones Unión.

 En Yo soy una maestra que canta está toda Teresita Fernández, ese querido personaje célebre de nuestra cultura, y de la cultura de nuestro idioma, que ha sabido ganarse, con sus canciones y con su obra, el cariño y la admiración de varias generaciones.

Ella, la Teresita que viste de amor la tristeza para que el mundo cambie de color, nos cuenta su vida, sus penas y alegrías, sus triunfos y errores, con veracidad y sinceridad conmovedoras, que Alicia Elizundia supo transcribir fielmente sin traicionar la cálida transparencia del testimonio vivo.

 En este libro está la historia de la familia de Teresita —singular mezcla de culturas y sólidos principios, de culinaria y música—, y también un vivo retrato de su Santa Clara natal, con sus prejuicios, divisiones de clases, pintorescos personajes populares, y también su cultura, que en aquellos años tristes era sólo para los privilegiados. Por éstas páginas desfilan también, —guardados celosamente por la fiel memoria de Teresita— importantes e inolvidables personajes de la cultura cubana; unos, como Samuel Feijóo, villaclareño como ella; otros conocidos ya en la capital del país —las Hermanas Martí, Bola de Nieve, Luis Carbonell, Esther Borja, Cintio y Fina, entre otros muchos—, todos los cuales creyeron en Teresita y en el valor de su arte, desde que la conocieron.

 Pero en Yo soy una maestra que canta está, sobre todo, esta Teresita Fernández, que ha sabido, sin dejar de tener un alma de niña, seguir siendo ella misma, con su cristianismo vestido de color franciscano, con su tabaco y su café, sus ponchos multicolores y una multitud de perros y gatos que nadie sabe cómo sobrevivieron en los años difíciles de período especial. Ella, en fin, ha sido como ha querido ser, y esta actitud supo captarla muy bien y con gracia, Alicia Elizundia.

 Por este libro, muchos conocerán que Teresita Fernández no es sólo la trovadora de las canciones infantiles, que ha puesto música también a los poemas del Ismaelillo. Conocerán además, su extensa obra poética y cancionística, que ojalá los lleve también a leer a Gabriela Mistral y a José Martí.

 Los lectores cubanos, entre los que me incluyo yo misma —que soy una maestra que no canta— agradecemos este libro alegre y desenfadado, con un dejo suave de tristeza sin amargura, que estará por siempre entre lo mejor de nuestra cultura, floreciendo como el coralillo rosado en su ventana.

(Tomado del sitio Habana Radio)